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Karl Marx y la Revolución alemana de 1848

Actualizado: 4 mar 2019




1848 fue un año clave para la consolidación del capitalismo moderno. En Francia, se delimitaron con claridad las líneas entre las clases que se beneficiarían del nuevo régimen y las que sólo serían explotadas. En Alemania, los poderosos evitarían la confusión de una sola vez, consolidándose una alianza definitiva entre la burguesía y la aristocracia. Karl Marx, el pensador más importante de aquel siglo, observó los hechos de cerca y sacó de ello conclusiones fundamentales para la posterior construcción del marxismo.


El febrero francés batió a la monarquía orleanista, ese régimen de espera al que Toqueville había contado los días por no entender que la igualdad política estaba en la naturaleza humana, y que si la democracia no había retrocedido ante el feudalismo y sus reyes, menos lo haría ante los burgueses y los ricos. Lo que Toqueville no vio, fue que al no retroceder ante los ricos, y al darle a los pobres el derecho irrestricto al trabajo, el gobierno provisional emanado de febrero había cavado la tumba del igualitarismo: ante los altos impuestos y los altos salarios, las masas campesinas, las masas tenderas y la élite burguesa usó el sufragio universal en diciembre para aplastar en las urnas a los trabajadores, no sin antes haberlos aplastado en las calles, en junio, con una brutalidad no vista desde la masacre de los cordeleros. Ya desde el 43, cuando escribieron La Sagrada Familia, Marx y Engels se habían adelantado al genio de Toqueville, pues por entonces escribieron que la absoluta igualdad ante la ley que significaba la abolición del censo de fortuna, no era más que la igualdad en el derecho de defender la propiedad privada.


Sin embargo, febrero ya había sentado época en Europa. Suiza, Italia, Holanda y Alemania vieron a sus burguesías y a sus trabajadores organizarse, tomar las calles y plantarle cara a esa OTAN del siglo XIX llamada Santa Alianza. Pero fueron los húngaros, aliados con las masas vienesas, los que tiraron a su jefe, el temible canciller Metternich, inaugurando con ello la “primavera de los pueblos” al Este del Rhin. En el sureste alemán, tierra de intercambios y envidias entre los académicos alemanes de izquierda y los revolucionarios franceses, una asamblea popular exige al emperador Federico Guillermo un parlamento alemán, un ejército del pueblo, libertad de prensa y un poder judicial independiente. El Vormärtz se extiende a toda Alemania y en Berlín las masas arrancan a Federico la libertad de prensa y la convocatoria a un constituyente elegido todavía por la Dieta feudal. Pero las manifestaciones de agradecimiento al soberano son malinterpretadas por una tropa torpe y sanguinaria que dispara contra mujeres y niños desarmados. Al día siguiente Sajonia entera, Baviera y el Palatinado se cimbran de barricadas: ha estallado la revolución burguesa en Alemania.


La formación de un vorparlament con mitad palatina y badense –es decir, republicana y de izquierda- pone a temblar a los príncipes. Baden se ha declarado republicana y prácticamente se autogobierna; sus señores feudales, muy liberales, prefieren callar. Pero como observaba Marx, las conquistas obreras en Francia, ya para abril, asustaron a todos los burgueses de Europa y sólo en esa medida tranquilizaron a la aristocracia, que veía el chance de un matrimonio de conveniencia. La derecha del vorparlament engaña a la izquierda badense y convoca a un sufragio universal para la elección de la Constituyente, pero comprende en lo universal sólo a los adultos independientes. El Palatinado se confía, pues en su terruño cualquier obrero se sabe independiente, pero la burguesía del resto del reino saca de la ecuación al proletariado. La Asamblea Constituyente de Frankfurt, producto de esas elecciones, no sólo es títere de los ministros burgueses Hansemann y Camphausen, sino que es esclava de su profundo terror a las masas y, en esa medida, esclava también de la élite feudal que todavía no muere.


Por eso Marx y Engels dedicarán, casi de lleno, sus escritos de la Nueva Gaceta Renana a criticar a la Asamblea y a ridiculizarla. Hasta entonces, para ellos estaba claro que la burguesía era una clase revolucionaria que, en su necesidad de desarrollar al máximo las fuerzas productivas, debía barrer con la aristocracia feudal. Lo que por entonces les mostraba el presente era que tal desarrollo de las estructuras económicas y políticas no respetaba los tiempos nacionales, y que la burguesía de cada país aprendía de sus homónimas internacionales. Antes de junio, no había burguesía en Europa que no palideciera ante la necesidad de aliarse con el proletariado para barrer al feudalismo. Otras vías, menos descorteses con los príncipes, iban a ser ideadas por los dueños del dinero. La Asamblea de Frankfurt fue su más ejemplar precursora.





La prueba más clara de ello era que los parlamentarios de Frankfurt, a meses de haber iniciado las sesiones, no había siquiera cuestionado la permanencia de la Dieta, órgano del absolutismo feudal convocado por el emperador. Marx se preguntaba entonces por el carácter “constituyente” de la Asamblea, pues

¿Acaso el mero hecho de que exista una Asamblea Nacional constituyente no demuestra que ya no exista constitución? Y, no existiendo constitución, no existe tampoco gobierno. Y, al no existir gobierno, es la misma Asamblea la que debe gobernar. De allí que su primer signo de vida tendría que ser, necesariamente, un decreto que dijera, en siete palabras: “la Dieta federal queda disuelta para siempre”.


Al negar en los hechos y de ese modo su propio carácter constituyente, la Asamblea negaba también que cualquier revolución hubiese ocurrido en Alemania. Con ello, negaba al mismo tiempo que la aristocracia feudal tuviera que renunciar a cualquiera de sus poderes y privilegios. Por eso también, Engels podía recriminarle a la Asamblea su política económica, que no dejaba de ser una política económica feudal. Compras masivas de lana a la Sociedad Marítima (otro órgano del absolutismo) ordenadas por Hansemann fueron aprobadas por la Asamblea, pese a que esto pondría por los cielos el precio del producto, lo que no beneficiaba más que a los productores, que eran todos señores feudales. Y los compradores, que eran industriales burgueses, preferían perder que arriesgar sus haciendas cuestionando a la Asamblea y al ministro pro señoriales.


El señor Hansemann, enviado al gobierno de Berlín como representante de la alta burguesía, del partido ahora dominante, traiciona sus intereses para favorecer a la nobleza de la tierra, que es el partido derrotado. Para nosotros, los demócratas, el problema tiene solamente el interés de ver que el señor Hansemann se pone al lado del partido derrotado para apoyar no solo a la clase conservadora, sino, más aún, a la clase reaccionaria. Y confesamos que no habríamos esperado esto de un burgués como Hansemann.


Pero los intereses de la aristocracia no sólo eran salvados de ese modo por la burguesía “revolucionaria”. En realidad, buena parte de los arcaicos derechos feudales fueron rescatados por los gobiernos del 48, como lo observaba Marx en julio de ese año en un artículo sobre el proyecto de ley para la abolición de las cargas feudales. El señor Gierke, autor del proyecto y ministro de Agricultura, consideraba que los derechos feudales de los señores sobre los campesinos, en general, debían abolirse sólo a cambio de una indemnización para los primeros. Eso ocurriría también en Rusia un par de décadas más tarde y, como ahí, las indemnizaciones correrían a cargo de los propios campesinos, que solamente trabajando podrían subsidiarlas.




Con lo cual -decía Marx- seguirán en pie los gravámenes más opresivos, los más extendidos y los principales, o mejor dicho, serán restablecidos, puesto que ya los campesinos se han encargado de suprimirlos de hecho. Pero más allá de las indemnizaciones, con los derechos que se quiere abolir, la nobleza sacrifica, globalmente, menos de 50 mil taleros al año, y a cambio de ello, salva varios millones. Y no sólo esto, sino que, además, el señor ministro confía en congraciarse de este modo con los campesinos e incluso conquistar sus votos para las elecciones a las cámaras.


De ello sacaba Marx conclusiones lapidarias de alcance histórico:

Ahora bien ¿cuál es el escueto sentido de tan larga ley? La prueba más palmaria de que la revolución alemana de 1848 no es más que la parodia de la revolución francesa de 1789:

El 4 de agosto de 1789, tres semanas después de la toma de la Bastilla, el pueblo francés acabó en un día con las cargas feudales. El 11 de julio de 1848, cuatro meses después de las barricadas de Marzo, las cargas feudales acaban con el pueblo alemán.


Cuando finalmente, el sufragio universal fue desechado en 1849, Marx escribió:

La revolución francesa de febrero abolió la monarquía constitucional en el terreno de la realidad y el dominio burgués en el de la idea. La revolución alemana de marzo creó la monarquía constitucional en la idea y el dominio burgués en la realidad.


En mayo de ese año, la alianza burgués aristocrática aplastaría la insurrección de Baden, última tentativa del proletariado alemán por conquistar los más elementales derechos democráticos. Un año después, en una célebre carta a la Liga Comunista, Marx sacaba una lección política fundamental: aún en la lucha por los derechos propios de las repúblicas burguesas, el proletariado debía mantener su plena independencia política si quería triunfar. Ese principio sería fundamental para la revolución Bolchevique en Rusia, cuyos dirigentes construyeron sobre esa idea el principio de un gobierno obrero y campesino que tendría que realizar, al mismo tiempo, las tareas democráticas y las tareas del socialismo.





Bibliografía:

Karl Marx y Friedrich Engels, Las revoluciones de 1848. Selección de artículos de la Nueva Gaceta Renana, traducción de Wenceslao Roces, México, FCE, segunda edición, 2006.

Karl Marx, “Circular del Comité Central a la Liga de los Comunistas”, 1850, disponible en www.marxists.org










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